Siempre se ha dicho y escrito que el Papa Clemente V, fiel lacayo del rey Felipe IV, siguió los planes del monarca en su idea de acabar con la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo.
Varias eran las razones para destruir a la Orden. Una, quizá la principal, la enorme deuda económica que el sátrapa mantenía con la Orden. También el deseo del monarca francés de unificar a las dos principales Órdenes de la cristiandad, el Temple y el Hospital, bajo la batuta única y exclusiva de su propio hijo; a lo que el Maestre Molay se negó; con razón absoluta. Se añade la realidad de que el Temple era la única estructura europea que tenía un ejército regular, ejemplarmente entrenado y experimentado, y como había vuelto de Tierra Santa, sin demasiados objetivos, suponía un auténtico peligro para cualquier reinado o feudo noble. No debemos olvidar que eran los banqueros de Europa, de manera que como, posiblemente, los más ricos, eran envidiados y temidos.
Todo esto es verdad. Felipe IV temía al Temple, sobre todo teniéndolo a su lado. Y también es cierto que el monarca, desde mucho tiempo atrás, había pergeñado la posibilidad de eliminar a la Orden, o debilitarla al máximo, y para ello necesitaba del concurso obligatorio del Papa romano, Clemente V, su acólito (lo había colocado él en el trono de san Pedro) y fiel escudero, al que le importaba más satisfacer a su rey que gobernar su propio Imperio eclesial.
Pero surgen algunas dudas cuando conocemos los otros brazos de fuerza que la Orden del Temple tenía en el seno de su comunidad de freires.
Los Pobres Caballeros de Cristo no sólo era la principal Orden de Caballería, ni los mejores banqueros, ni valientes guerreros, ni dueños de incontables encomiendas y castillos, ni preceptores de nobles y príncipes... Eran también, y quizá sobre todo, monjes, hombres de Dios, místicos y espirituales. Y por ello es por lo que se ganaron el terror de Roma, del Papa Clemente.
Los Caballeros templarios eran cristianos, no cabe duda, pero también habían conocido y vivido el ecumenismo entre las tres religiones del Libro, tomando de cada una lo mejor espiritualmente: del Cristianismo la mística de san Bernardo; del Islam la mística sufí; del Judaísmo, la mística kabalística. Y al beber de estas tres fuentes místicas, principalmente en Oriente, trajeron a Europa la magia matemática de los constructores de las Pirámides creando el Gótico y, principalmente, encerrando y mostrando, a través de las catedrales que ellos objetivaron, la conjunción de las tres místicas, el auténtico lenguaje y mensaje de Dios.
Una vez terminada su misión en Tierra Santa, ya en casa, el Temple tenía tanto el poder terrenal gracias a su inmensa fortuna, ejército y terrenos, como el poder espiritual de un conocimiento muy superior al que tenía el resto de la cristiandad, incluyendo a la propia Curia, demasiado ocupada en gobernar su Estado, luchar contra todo aquel que discrepara de la ortodoxia (como los Cátaros) y sobre todo en enriquecerse a base de diezmos y simonías generales.
Clemente V era consciente, además, de que los templarios no habían luchado contra el Catarismo como él hubiera querido, sino todo lo contrario, simpatizaba con la herejía albigense hasta el punto de que, para algunos eruditos, colaboraron mutuamente.
Pero sobre todo era la Filosofía templaria, creada por el gran maestro Bernardo, lo que más asustaba al Papa. Es bien cierto que los templarios eran independientes dentro de la Iglesia, debiendo exclusiva obediencia al propio Sumo Pontífice (además de al Maestro) de manera que no estaban sujetos a la obediencia o pago de obispos, reyes, nobles, monasterios. Esta particularidad, que había sido mantenida durante muchos pontificados, hacía crecer la envidia y los recelos de todos, hasta del mismo Clemente V, que comenzó a intuir el peligro de tener a la Orden a las puertas de casa.
En efecto, mientras el Temple luchaba en Tierra Santa no había problema. Pero ahora, en casa (el Papa estaba en Avignon) tenerles tan cerca con su propia filosofía de vida cristiana, con la idea de la humildad (frente al despotismo y materialismo del Papado y del resto de la Iglesia) y sus conocimientos teológicos-místicos, les convertían en un peligro, sobre todo para una jerarquía eclesial que prefería un Cuerpo de Iglesia ignorante y sumiso.
Estas fueron las auténticas razones por las que la Orden cayó en desgracia: su saber, su poder, su humildad y caridad cristiana. Y por ello, fue Clemente V quien, intuyendo el peligro, quien convenció a su amo terrenal, Felipe IV, para preparar la trampa. El Papa dejo el trabajo sucio al monarca, y también el pasar a la historia como el asesino del Temple. Pero fue él, en la sombra, quien pergeño todo el plan.
Una prueba la encontramos en porqué se intentó acabar con toda la Orden a la vez. De ser un plan exclusivo del monarca, se hubiera limitado a su zona de influencia. Pero para el Papa, la Orden debía desaparecer por completo, porque si se mantenía en algún lugar, podría contraatacar contra el Papado.
Otra la tenemos en el apresamiento del Maestre Molay. Felipe IV jamás se hubiera atrevido a tocar a un jefe de estado que sólo respondía ante el Papa. Pero fue Clemente V quien le autorizó a vejar a todos los caballeros, incluido el máximo responsable de la Orden.
Además, mientras duró el proceso, Clemente hizo oídos sordos a las peticiones del Maestre Molay a ser recibido por él. ¿Por qué se negó? Se nos dice que por obediencia ciega a su amo Felipe; pero yo creo que fue porque no habría sido capaz de mantener la cabeza alta frente al último Gran Maestro oficial. Porque Clemente sabía que, frente a Molay, éste no hubiera respetado la sumisión al Pontificado, sabedor de sus muchas tropelías y, sobre todo, por el abandono a que sometió a la Orden, cual costó la vida y tortura a muchos, demasiados, hermanos.
El último dato que defiende esta hipótesis es la maldición que Molay convocó contra el rey y el Papa, además de al lugarteniente (y cerebro de la infamia en cuanto a su ejecución) del monarca francés, Nogaret. Hacerla a Felipe y su escudero se entiende, pero al Papa, cuando se supone que los templarios juraban defender su fe con la vida y no les importaba morir por la Iglesia (el Papa) no se entiende. Si realmente debía y mantenía fidelidad a Clemente V, jamás hubiera emitido la maldición. Pero Jackes de Molay sabía muy bien quien había sido el cerebro de la Traición, y los motivos. Por eso actuó como lo hizo al ser quemado vivo.
Honor y Gloria a los freires.
Non nobis domine, non nobis, sed nomime tua da gloriam


